Es hora de partir sin saber donde
y retornar quizás hacia la nada,
dejar los sueños que se duerman solos,
volviendo a ser un niño en una playa.
Los rudos marineros se consuelan
y reman, mientras cantan, en su barca,
se vuelven para el puerto sin la pesca
teniendo que cenar unas migajas.
Las caras de los hombres que ahora sufren
reflejan esa angustia de sus almas,
el niño que se asoma por sus ojos
no sabe de estas guerras y batallas.
No entiende que las sombras y las dudas
se extiendan por el alma como zarzas,
y crezcan por encima de las rosas
dejando sensaciones tan amargas.
Es hora de marchar para ese viaje
llevando la maleta preparada,
teniendo el corazón entristecido
secando de los ojos una lágrima.
Atrás se quedan muertos los recuerdos,
con las horas vividas y pasadas,
se quedan sí, atados para siempre,
las ilusiones, risas y nostalgias.
Pero quedan unidos con la cinta,
en ese lazo azul, que así los ata,
los bellos torbellinos y pasiones,
las caricias vividas y añoradas.
Por siempre quedarán, amada mía,
grabadas en el alma tus palabras,
los besos que me diste aquella tarde,
tus manos en mis manos enlazadas.
Es hora de cortar, dejar que vuelen,
que escapen los suspiros de su jaula,
y busquen por los cielos y las nubes
el pecho tan ansiado del que aman.
Quizás lo lograrán o sea un sueño,
quizás el niño aquel sienta en la nana,
la dulce melodías de las olas
llegando con salitre y con las algas.
Ya nada te diré, todo está dicho,
bebimos el placer, en fuente clara,
es hora del adiós querida mía
me voy y tú te vas, levanta el alba.
Yo tengo que partir, no me detengas,
tú tienes que marchar hacia tu casa,
la eterna juventud es tu destino
y un manto ya otoñal es mi morada.
Rafael Sánchez Ortega ©
01/10/09
y retornar quizás hacia la nada,
dejar los sueños que se duerman solos,
volviendo a ser un niño en una playa.
Los rudos marineros se consuelan
y reman, mientras cantan, en su barca,
se vuelven para el puerto sin la pesca
teniendo que cenar unas migajas.
Las caras de los hombres que ahora sufren
reflejan esa angustia de sus almas,
el niño que se asoma por sus ojos
no sabe de estas guerras y batallas.
No entiende que las sombras y las dudas
se extiendan por el alma como zarzas,
y crezcan por encima de las rosas
dejando sensaciones tan amargas.
Es hora de marchar para ese viaje
llevando la maleta preparada,
teniendo el corazón entristecido
secando de los ojos una lágrima.
Atrás se quedan muertos los recuerdos,
con las horas vividas y pasadas,
se quedan sí, atados para siempre,
las ilusiones, risas y nostalgias.
Pero quedan unidos con la cinta,
en ese lazo azul, que así los ata,
los bellos torbellinos y pasiones,
las caricias vividas y añoradas.
Por siempre quedarán, amada mía,
grabadas en el alma tus palabras,
los besos que me diste aquella tarde,
tus manos en mis manos enlazadas.
Es hora de cortar, dejar que vuelen,
que escapen los suspiros de su jaula,
y busquen por los cielos y las nubes
el pecho tan ansiado del que aman.
Quizás lo lograrán o sea un sueño,
quizás el niño aquel sienta en la nana,
la dulce melodías de las olas
llegando con salitre y con las algas.
Ya nada te diré, todo está dicho,
bebimos el placer, en fuente clara,
es hora del adiós querida mía
me voy y tú te vas, levanta el alba.
Yo tengo que partir, no me detengas,
tú tienes que marchar hacia tu casa,
la eterna juventud es tu destino
y un manto ya otoñal es mi morada.
Rafael Sánchez Ortega ©
01/10/09

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