Cinco vasos de vino en una mesa,
cinco tragos que esperan impacientes,
cinco rudos marinos muy curtidos,
en la busca de un vino que merecen.
Un run-run de murmullos y sucesos,
con el aire y salitre de los muelles,
los marinos se narran sorprendidos
con recuerdos de remos y toletes.
Regresaron de mares peligrosos,
tras sufrir temporales de nordeste,
soportando galernas y tormentas
con un poco de pesca entre sus redes.
Atrás quedan los mares tenebrosos,
con las olas saltando dulcemente,
mientras dejan un halo de peligro,
en los golpes que dejan y enmudecen.
Hay un coro que entona unas canciones,
entre el fondo de azules y celestes,
de ese cielo con manto luminoso
sobre el mar tan bravío y color verde.
Otro coro de cinco marineros
también cantan mirando a las paredes,
olvidando las penas y dolores
que han sufrido por culpa de los peces.
Un silencio de pronto les contagia,
es la brisa que llega tenuemente,
y les llega al compás de la marea
con la luna que sale y se estremece.
Ellos saben que el tiempo se ha parado,
y que gozan de un tiempo que es muy breve,
el que tienen ahora en la taberna
mientras ruedan los dados de la suerte.
Una mano invisible los agita
resonando con fuerza el cubilete,
ruedan dados nerviosos por la mesa
suman cinco sus puntos solamente.
Cinco manos se estiran atrevidas,
cinco labios su charla ya detienen,
cinco lenguas chasquean la garganta
cinco vasos de vino que se beben.
Rafael Sánchez Ortega ©
19/10/09
cinco tragos que esperan impacientes,
cinco rudos marinos muy curtidos,
en la busca de un vino que merecen.
Un run-run de murmullos y sucesos,
con el aire y salitre de los muelles,
los marinos se narran sorprendidos
con recuerdos de remos y toletes.
Regresaron de mares peligrosos,
tras sufrir temporales de nordeste,
soportando galernas y tormentas
con un poco de pesca entre sus redes.
Atrás quedan los mares tenebrosos,
con las olas saltando dulcemente,
mientras dejan un halo de peligro,
en los golpes que dejan y enmudecen.
Hay un coro que entona unas canciones,
entre el fondo de azules y celestes,
de ese cielo con manto luminoso
sobre el mar tan bravío y color verde.
Otro coro de cinco marineros
también cantan mirando a las paredes,
olvidando las penas y dolores
que han sufrido por culpa de los peces.
Un silencio de pronto les contagia,
es la brisa que llega tenuemente,
y les llega al compás de la marea
con la luna que sale y se estremece.
Ellos saben que el tiempo se ha parado,
y que gozan de un tiempo que es muy breve,
el que tienen ahora en la taberna
mientras ruedan los dados de la suerte.
Una mano invisible los agita
resonando con fuerza el cubilete,
ruedan dados nerviosos por la mesa
suman cinco sus puntos solamente.
Cinco manos se estiran atrevidas,
cinco labios su charla ya detienen,
cinco lenguas chasquean la garganta
cinco vasos de vino que se beben.
Rafael Sánchez Ortega ©
19/10/09

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