Aquel hombre contaba las estrellas
en la noche de Agosto plateada,
yo le vi con su rostro tan absorto
en el cielo de luces que brillaban.
No entendí aquel acto de locura
de contar las estrellas y sumarlas,
pues hay tantos millones de luceros
que los hombres se niegan a contarlas.
Me acerqué hasta el hombre, que sentado,
en la noche, ese cielo contemplaba,
y buscaba luceros diferentes
más allá de planetas y galaxias.
Pero vi, sorprendido, que aquel hombre,
era un niño tan solo que temblaba,
y buscaba en las sombras, con sus ojos,
los latidos del cielo con su escarcha.
Y aquel hombre de rostro diferente,
aquel niño de cara sonrojada,
contemplaba en la noche a las estrellas
y sus labios pacientes las contaban.
¡Pobre loco!, decían otros hombres,
como pierde su tiempo y lo malgasta,
más valdría que fuera a la taberna
y que luego marchara para casa.
Pero el loco impaciente de la noche,
era ajeno a los chismes y palabras,
él contaba sin prisa a las estrellas,
y esas cifras quedaban en su alma.
A su lado iba un niño sosteniendo
un farol vacilante con su llama,
que servía de luz a tantos sueños
mientras él anotaba en la pizarra.
Al buscar tantos miles de luceros
sus pupilas cansadas se cerraban,
y sus labios seguían numerando
y contaban estrellas sin mirarlas.
Yo miré al contador que se dormía
y una estrella bajé hasta su almohada,
una estrella olvidada de los cielos
con la luz reluciente que faltaba.
Rafael Sánchez Ortega ©
26/09/09
en la noche de Agosto plateada,
yo le vi con su rostro tan absorto
en el cielo de luces que brillaban.
No entendí aquel acto de locura
de contar las estrellas y sumarlas,
pues hay tantos millones de luceros
que los hombres se niegan a contarlas.
Me acerqué hasta el hombre, que sentado,
en la noche, ese cielo contemplaba,
y buscaba luceros diferentes
más allá de planetas y galaxias.
Pero vi, sorprendido, que aquel hombre,
era un niño tan solo que temblaba,
y buscaba en las sombras, con sus ojos,
los latidos del cielo con su escarcha.
Y aquel hombre de rostro diferente,
aquel niño de cara sonrojada,
contemplaba en la noche a las estrellas
y sus labios pacientes las contaban.
¡Pobre loco!, decían otros hombres,
como pierde su tiempo y lo malgasta,
más valdría que fuera a la taberna
y que luego marchara para casa.
Pero el loco impaciente de la noche,
era ajeno a los chismes y palabras,
él contaba sin prisa a las estrellas,
y esas cifras quedaban en su alma.
A su lado iba un niño sosteniendo
un farol vacilante con su llama,
que servía de luz a tantos sueños
mientras él anotaba en la pizarra.
Al buscar tantos miles de luceros
sus pupilas cansadas se cerraban,
y sus labios seguían numerando
y contaban estrellas sin mirarlas.
Yo miré al contador que se dormía
y una estrella bajé hasta su almohada,
una estrella olvidada de los cielos
con la luz reluciente que faltaba.
Rafael Sánchez Ortega ©
26/09/09

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