¡Siempre tuya!, dijiste en la promesa,
¡siempre tuyo!, te dije enamorado,
y empezamos un largo recorrido,
caminando muy juntos de la mano.
Yo sentí la caricia de tu pelo
respondiendo a la misma con mis labios,
y juntamos los besos y suspiros
y bebimos el cáliz tan amado.
Las cascadas discurren por el río,
y seguimos al agua hasta el meandro,
nuestros cuerpos palpitan con el sauce
y en el bosque buscamos un descanso.
Y quedamos sentados frente a frente,
con las manos y dedos enlazados,
nuestros ojos buscando las pupilas
y los ojos verdosos y castaños.
Nos perdimos entonces en los sueños,
en el verde del mar tan azulado,
en la miel y canela de la tierra,
como niños que buscan a los astros.
¡Siempre tuya!, dijiste en un susurro,
¡siempre tuyo!, te dije suspirando,
y volvimos de nuevo de los sueños,
para andar el camino paso a paso.
Caminamos de noche en primavera,
y marchamos de día en el verano,
retornando a los bosques en otoño,
y en invierno al hogar, a refugiarnos.
Más allá de la vida existe un tiempo,
un lugar detenido en el espacio,
allí vamos cargando con los sueños
a vivir en el cielo tan sagrado.
Y aunque el largo camino sea duro,
aunque sufran los pies en los zapatos,
al final obtendremos ese premio,
el de unirnos en besos y en abrazos.
¡Siempre tuya!, gritaste en un momento,
¡siempre tuyo!, mis labios contestaron,
y cosimos tu grito en las estrellas
y mis labios unimos con un lazo.
Rafael Sánchez Ortega ©
09/09/25
¡siempre tuyo!, te dije enamorado,
y empezamos un largo recorrido,
caminando muy juntos de la mano.
Yo sentí la caricia de tu pelo
respondiendo a la misma con mis labios,
y juntamos los besos y suspiros
y bebimos el cáliz tan amado.
Las cascadas discurren por el río,
y seguimos al agua hasta el meandro,
nuestros cuerpos palpitan con el sauce
y en el bosque buscamos un descanso.
Y quedamos sentados frente a frente,
con las manos y dedos enlazados,
nuestros ojos buscando las pupilas
y los ojos verdosos y castaños.
Nos perdimos entonces en los sueños,
en el verde del mar tan azulado,
en la miel y canela de la tierra,
como niños que buscan a los astros.
¡Siempre tuya!, dijiste en un susurro,
¡siempre tuyo!, te dije suspirando,
y volvimos de nuevo de los sueños,
para andar el camino paso a paso.
Caminamos de noche en primavera,
y marchamos de día en el verano,
retornando a los bosques en otoño,
y en invierno al hogar, a refugiarnos.
Más allá de la vida existe un tiempo,
un lugar detenido en el espacio,
allí vamos cargando con los sueños
a vivir en el cielo tan sagrado.
Y aunque el largo camino sea duro,
aunque sufran los pies en los zapatos,
al final obtendremos ese premio,
el de unirnos en besos y en abrazos.
¡Siempre tuya!, gritaste en un momento,
¡siempre tuyo!, mis labios contestaron,
y cosimos tu grito en las estrellas
y mis labios unimos con un lazo.
Rafael Sánchez Ortega ©
09/09/25

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