sábado, 25 de julio de 2009

ESPERABA SENTADO EN AQUEL BANCO

Esperaba sentado en aquel banco
ese paso fugaz de la gaviota,
los compases y el vuelo vacilante
sobre el lecho tan blanco de las olas.

Su mirada buscaba el horizonte,
más allá de las rocas de la costa,
se fundía quizás, entre los mares,
para ver de los barcos su derrota.

Sin embargo las luces se apagaban
y volvía la noche con las sombras,
y con ella fantasmas y temores
regresando con nombres y personas.

Un destello de luces en la barra
destacaba guiñando de las boyas,
un aviso a sufridos navegantes
que confunden la luz con mariposas.

Hay sirenas que viven en los campos
y que van cabalgando por las lomas,
en Plateros y dulces Rocinantes
que crearon las mentes soñadoras.

Pero el hombre sentado en aquel banco
lleva al mar los ganados y palomas,
a buscar en el verde de los mares
nuevos campos de tierras arcillosas.

Y se dice que sí, que no está errado,
que allí está la respuesta arrulladora,
en el mar y su música sublime
y en el viento salado que le roza.

¡Qué difícil sentir como un poeta
y notar esa fiebre que te acosa!...
Va royendo despacio los sentidos
transformando los peces en las rosas.

Se confunden los días con las noches,
y también esas lágrimas traidoras,
con la risa surgida en un momento
como fruto de chistes y de bromas.

Y su noche comienza lentamente
y un suspiro se escapa de su boca,
aquel hombre ya viejo y menudito
ya no vive en el mundo de las horas.

Su reloj, agotado, se ha parado,
tras buscar ese reino y su corona,
no hay laurel en su pelo encanecido,
sólo un bello rumor de caracolas.

Rafael Sánchez Ortega ©
25/07/09

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