En la vida no hay sitio a los cobardes
aunque a veces usemos su careta;
ser cobarde es negar lo que tu sientes
y también esconder lo que uno piensa.
Se estremece el cobarde en su refugio
mientras siente su cuerpo que le tiembla,
las palabras no salen de sus labios,
son sonidos y frases que están muertas.
Hay momentos que ganan los valientes
porque dán esos pasos en tinieblas,
los cobardes se quedan meditando
con el tiempo que pasa y lo desprecian.
Hay cobardes de rostro compungido
y sus caras reflejan esas penas,
esas dudas de hablar o de callarse,
de buscar una luz en las estrellas.
Los cobardes no aceptan la derrota
por temor a saber que no los quieran,
tienen miedo a escuchar esas palabras,
que despejen sus miedos y reservas.
Unos seres preguntan a la nada
por secretos guardados en la tierra,
por latidos surgidos en el pecho
del cobarde que vive en las tinieblas.
Compadezco a ese triste caminante,
el cobarde vencido sin pelea,
y le digo que hable y que pregunte,
que rescate sus dudas de la niebla.
El cobarde me mira sorprendido
y me dice que sí, con una seña,
aunque sé que sus miedos, cuando marche,
volverán a surgir en su cabeza.
Sin embargo comprendo a los cobardes,
esos seres que aman y que sueñan,
los que buscan el rostro de su amada
más allá de ventanas indiscretas.
Hay quizás un cobarde en cada hombre,
en el niño que ama y se rebela,
el que espera tal vez esas palabras,
que acelere la sangre de sus venas.
Y me digo que sí, que soy cobarde,
pues yo quiero también una respuesta,
y temblando la espero ilusionado
a pesar de los miedos que me acechan.
Sin embargo hay un paso que he de darlo,
confesar lo que siento, aunque la pierda,
confesar que la amo más que a nada,
a esa dulce figura de sirena.
Y al final cual cobarde temeroso
buscaré en sus ojos lo que lleva
para ir al Olimpo de su mano
o aceptar la derrota, si se niega.
Rafael Sánchez Ortega ©
26/07/09
aunque a veces usemos su careta;
ser cobarde es negar lo que tu sientes
y también esconder lo que uno piensa.
Se estremece el cobarde en su refugio
mientras siente su cuerpo que le tiembla,
las palabras no salen de sus labios,
son sonidos y frases que están muertas.
Hay momentos que ganan los valientes
porque dán esos pasos en tinieblas,
los cobardes se quedan meditando
con el tiempo que pasa y lo desprecian.
Hay cobardes de rostro compungido
y sus caras reflejan esas penas,
esas dudas de hablar o de callarse,
de buscar una luz en las estrellas.
Los cobardes no aceptan la derrota
por temor a saber que no los quieran,
tienen miedo a escuchar esas palabras,
que despejen sus miedos y reservas.
Unos seres preguntan a la nada
por secretos guardados en la tierra,
por latidos surgidos en el pecho
del cobarde que vive en las tinieblas.
Compadezco a ese triste caminante,
el cobarde vencido sin pelea,
y le digo que hable y que pregunte,
que rescate sus dudas de la niebla.
El cobarde me mira sorprendido
y me dice que sí, con una seña,
aunque sé que sus miedos, cuando marche,
volverán a surgir en su cabeza.
Sin embargo comprendo a los cobardes,
esos seres que aman y que sueñan,
los que buscan el rostro de su amada
más allá de ventanas indiscretas.
Hay quizás un cobarde en cada hombre,
en el niño que ama y se rebela,
el que espera tal vez esas palabras,
que acelere la sangre de sus venas.
Y me digo que sí, que soy cobarde,
pues yo quiero también una respuesta,
y temblando la espero ilusionado
a pesar de los miedos que me acechan.
Sin embargo hay un paso que he de darlo,
confesar lo que siento, aunque la pierda,
confesar que la amo más que a nada,
a esa dulce figura de sirena.
Y al final cual cobarde temeroso
buscaré en sus ojos lo que lleva
para ir al Olimpo de su mano
o aceptar la derrota, si se niega.
Rafael Sánchez Ortega ©
26/07/09

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