Avanza el fuego en los campos
calcinando las praderas,
un manto de nubes, negro,
cubre ardoroso la gleba.
Avanza la noche oscura
entre las llamas eternas,
un frío llega a los hombres
que ven quemadas sus siegas.
¡Ay toro, torito, toro,
de la campiña extremeña,
no sé que vas a pastar
en este otoño que llega.
Tú paseas altanero
muy ajeno a la tragedia
entre encinas y alcornoques,
con tu estampa siempre bella.
No sabes de fuegos vivos
pues tu vida está en la fiesta,
con un clarín que te anuncia,
en una plaza muy llena.
Hay un torero en el ruedo,
con una espada en su diestra,
hay sangre y luz en su traje
rodilla hincada en la tierra.
Antes usó su capote
para lucirse de veras,
con una media verónica
de su cintura traviesa.
Tras esa suerte de varas
y ser picado en su cresta,
hay sangre en tu piel de toro,
más no te importa tenerla.
Acudes a banderillas,
con la bravura que dejas,
y vas directo al torero
que con engaño te quiebra.
Y acaba esta suerte luego,
llega por fin la muleta,
y allí el torero se luce
y tú persigues su huella.
¡Qué bella estampa me ofreces
torito, toro en la arena,
yo siento pena en el alma
al acabar la faena!
Hay un torero sudando
que aplauden gentes diversas
y a ti te arrastran y sacan
por el toril de la puerta.
Había un fuego en el campo
quemando la sementera
y un toro, torito negro,
ajeno estaba a la quema.
Rafael Sánchez Ortega ©
21/07/09
calcinando las praderas,
un manto de nubes, negro,
cubre ardoroso la gleba.
Avanza la noche oscura
entre las llamas eternas,
un frío llega a los hombres
que ven quemadas sus siegas.
¡Ay toro, torito, toro,
de la campiña extremeña,
no sé que vas a pastar
en este otoño que llega.
Tú paseas altanero
muy ajeno a la tragedia
entre encinas y alcornoques,
con tu estampa siempre bella.
No sabes de fuegos vivos
pues tu vida está en la fiesta,
con un clarín que te anuncia,
en una plaza muy llena.
Hay un torero en el ruedo,
con una espada en su diestra,
hay sangre y luz en su traje
rodilla hincada en la tierra.
Antes usó su capote
para lucirse de veras,
con una media verónica
de su cintura traviesa.
Tras esa suerte de varas
y ser picado en su cresta,
hay sangre en tu piel de toro,
más no te importa tenerla.
Acudes a banderillas,
con la bravura que dejas,
y vas directo al torero
que con engaño te quiebra.
Y acaba esta suerte luego,
llega por fin la muleta,
y allí el torero se luce
y tú persigues su huella.
¡Qué bella estampa me ofreces
torito, toro en la arena,
yo siento pena en el alma
al acabar la faena!
Hay un torero sudando
que aplauden gentes diversas
y a ti te arrastran y sacan
por el toril de la puerta.
Había un fuego en el campo
quemando la sementera
y un toro, torito negro,
ajeno estaba a la quema.
Rafael Sánchez Ortega ©
21/07/09

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