
Fuiste mi amor, mi dulce mariposa,
la que voló conmigo por las calles,
la que tomó mi mano en el paseo
la que llevé por pueblos y ciudades.
Tanto volé y volamos por los campos
que hasta sentí el galope de tu sangre,
ese latido fuerte y presuroso,
ese volcan de fuego que renace.
Ese rugido ardiente de tu pecho,
ese gritar las almas en su cárcel,
para sentir el dulce escalofrío,
para tenerte amor, y desearte.
Fuiste mi amor, la voz de la campana,
marcando al fin, las cinco de la tarde,
y me decía fuera presuroso
a ese jardín de conchas y corales.
Porque tu embrujo y gracia seductora
venía a mi, de océanos y mares,
con los jazmines frescos y gardenias,
en tu diadema envuelta por las sales.
De ese jardín llegaron muchas hojas,
arrancadas por vientos otoñales,
las que formaron pronto aquella alfombra
para pisar tus pies tan adorables.
Fuiste mi amor, la eterna sirenita,
que me llevó muy lejos en el viaje,
a ese rincón de sueño y fantasía,
a ese lugar vetado a los mortales.
Y yo lloré con lágrimas amargas,
con un hatillo sólo de equipaje,
mientras temblaba el cuerpo enamorado
esperando la luna que bailare.
Que bailare y danzara por las olas
en su espejo, quizás interminable,
rescatando suspiros de las aguas
y llevando mi alma a los altares.
Pero mi amor, ya estás aquí presente,
y estás aquí sin ropa ni equipaje,
y ya llegó la bella mujercita,
que me enseñó paisajes y lugares.
No quiero más mi amor, te quiero a ti,
quiero sentir la noche en este baile,
quiero danzar contigo sobre el agua,
quiero bailar de noche para amarte.
Quiero ese vals que arranquen los violines,
quiero tu cuerpo bello desnudarle,
quiero saciar la copa de tu pecho
y quiero amor, amarte más que nadie.
Rafael Sánchez Ortega ©
14/02/09
la que voló conmigo por las calles,
la que tomó mi mano en el paseo
la que llevé por pueblos y ciudades.
Tanto volé y volamos por los campos
que hasta sentí el galope de tu sangre,
ese latido fuerte y presuroso,
ese volcan de fuego que renace.
Ese rugido ardiente de tu pecho,
ese gritar las almas en su cárcel,
para sentir el dulce escalofrío,
para tenerte amor, y desearte.
Fuiste mi amor, la voz de la campana,
marcando al fin, las cinco de la tarde,
y me decía fuera presuroso
a ese jardín de conchas y corales.
Porque tu embrujo y gracia seductora
venía a mi, de océanos y mares,
con los jazmines frescos y gardenias,
en tu diadema envuelta por las sales.
De ese jardín llegaron muchas hojas,
arrancadas por vientos otoñales,
las que formaron pronto aquella alfombra
para pisar tus pies tan adorables.
Fuiste mi amor, la eterna sirenita,
que me llevó muy lejos en el viaje,
a ese rincón de sueño y fantasía,
a ese lugar vetado a los mortales.
Y yo lloré con lágrimas amargas,
con un hatillo sólo de equipaje,
mientras temblaba el cuerpo enamorado
esperando la luna que bailare.
Que bailare y danzara por las olas
en su espejo, quizás interminable,
rescatando suspiros de las aguas
y llevando mi alma a los altares.
Pero mi amor, ya estás aquí presente,
y estás aquí sin ropa ni equipaje,
y ya llegó la bella mujercita,
que me enseñó paisajes y lugares.
No quiero más mi amor, te quiero a ti,
quiero sentir la noche en este baile,
quiero danzar contigo sobre el agua,
quiero bailar de noche para amarte.
Quiero ese vals que arranquen los violines,
quiero tu cuerpo bello desnudarle,
quiero saciar la copa de tu pecho
y quiero amor, amarte más que nadie.
Rafael Sánchez Ortega ©
14/02/09

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