Dejamos marchar al tiempo
y vuela con él la vida,
el tiempo no se detiene
y marcha con él la brisa.
Marcha y se pasa volando,
cruza lejanas campiñas,
va con los sueños a cuestas
hasta otras tierras y Villas.
El tiempo no se detiene
es una rueda que gira,
gira que gira, rodando,
mientras se pasa la vida.
Y aquí se quedan los hombres
los de figuras sencillas,
con su trabajo y sus penas
curando males y heridas.
Quisiera parar el tiempo
y detener su manilla,
esos segundos preciosos
con tantas horas y días.
Entonces quizás pudiera
buscar la rosa amarilla,
o el lirio azul de mis sueños,
en esa estampa marchita.
Quizás si el tiempo parara
su voz a mi llegaría,
para dejarme tus besos
con un montón de caricias.
Tus besos, sí que sembraste,
y con paciencia infinita,
los enviastes al tiempo
para besar mi mejilla.
Quisiera ser como el viento,
que sopla, pasa y se agita,
con su gemido ululante
y su invisible sonrisa.
Quizás entonces marchara
tras esa luz tan divina,
que llega, corre y fogosa
nunca detiene su prisa.
Puede que así lo alcanzara,
y comprendiera que arriba
también existen los hombres
y un corazón que palpita.
Un corazón tan enorme
lleno de amor y de vida,
que nos invita a seguirle
para dormir en su orilla.
Rafael Sánchez Ortega ©
09/12/09
y vuela con él la vida,
el tiempo no se detiene
y marcha con él la brisa.
Marcha y se pasa volando,
cruza lejanas campiñas,
va con los sueños a cuestas
hasta otras tierras y Villas.
El tiempo no se detiene
es una rueda que gira,
gira que gira, rodando,
mientras se pasa la vida.
Y aquí se quedan los hombres
los de figuras sencillas,
con su trabajo y sus penas
curando males y heridas.
Quisiera parar el tiempo
y detener su manilla,
esos segundos preciosos
con tantas horas y días.
Entonces quizás pudiera
buscar la rosa amarilla,
o el lirio azul de mis sueños,
en esa estampa marchita.
Quizás si el tiempo parara
su voz a mi llegaría,
para dejarme tus besos
con un montón de caricias.
Tus besos, sí que sembraste,
y con paciencia infinita,
los enviastes al tiempo
para besar mi mejilla.
Quisiera ser como el viento,
que sopla, pasa y se agita,
con su gemido ululante
y su invisible sonrisa.
Quizás entonces marchara
tras esa luz tan divina,
que llega, corre y fogosa
nunca detiene su prisa.
Puede que así lo alcanzara,
y comprendiera que arriba
también existen los hombres
y un corazón que palpita.
Un corazón tan enorme
lleno de amor y de vida,
que nos invita a seguirle
para dormir en su orilla.
Rafael Sánchez Ortega ©
09/12/09

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