domingo, 29 de noviembre de 2009

QUERIDO AMOR...

Las hojas del otoño han llegado
y recuerdan muy bien la primavera,
los campos de azucenas y de rosas,
las lindas margaritas tan eternas.

Recuerdo que buscaba tu latido,
tu rostro por el cielo y por la tierra,
y entonces en mis sueños te encontraba
marchando a pasear por la ribera.

Los chopos sorprendidos nos miraban,
los sauces inclinaban su belleza,
las tiernas mariposas de colores,
dejaban el amor con su belleza.

Y entonces aspirábamos sin freno
el dulce vendaval de la galerna,
aquella que nacida en nuestras almas,
vibraba por la sangre y por las venas.

¡Ay rudo corazón!, ¿Por qué te encoges?
tu guardas el amor en la alacena,
y sientes, a pesar de tanto tiempo,
nostalgia de momentos y vivencias.

Un día pudo ser una mirada,
en otro aquella frase que dijeras,
y en otro aquel suspiro arrebolado
ó el beso deseado que te dieran.

Tú sabes que el amor nunca es pasado,
que nace y es presente hasta que mueras,
que viaja prisionero tras tus pasos
contando cada una de tus huellas.

Y sabes que ese pecho que suspira,
reposa sobre el tuyo su cabeza,
tus manos en sus manos enlazadas
y un sueño que os cubra y os envuelva.

Más sabes, como yo, que todo muere,
que un día ya cansados y sin fuerzas,
tendremos que marchar hacia ese viaje,
sin ropa, sin billetes y maleta.

Y entonces rezaremos a los cielos,
pidiendo que nos suba a las estrellas,
aquellas que miramos tantas veces,
de noche, paseando por la arena.

Quizás no nos concedan ese sueño
y puede que el salitre y la marea,
ahoguen nuestras rezos y las voces
se queden contemplando a las sirenas.

Más eso es fantasía del futuro,
y sabes que el amor no lo contempla,
se ama cada día, en cada instante,
se viven los segundos que nos quedan.

...Ya sé que los papeles y las cartas,
aguantan con paciencia nuestras letras,
y aguantan los te quiero reprimidos
y aguantan tantas lágrimas sinceras.

No quiero que tú veas esta carta
y juzgues a las letras que aquí veas,
espero que penetres más adentro
y llegues a este pecho que te espera.

Y espera los latidos de tu cuerpo
que surjan con la brisa entre la niebla
y lleguen a mi lado presurosos
cubriéndome de amor con su inocencia.

¡Ay bello corazón, no me abandones!,
recuerda nuestros besos y promesas,
unimos con un lazo nuestros pechos
e hicimos del amor nuestra bandera.

Rafael Sánchez Ortega ©
28/11/09

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