Las raíces profundas de la tierra
son la cuna naciente de los pueblos,
es la nieve fundida en la montaña,
y los ríos besados por los vientos.
Pero el hombre que nace en esta tierra,
el hidalgo, el marino y el labriego,
todos vienen con algo diferente
que su cara refleja como un sello.
Son los hombres curtidos por la gleba,
que han dejado en el campo sus esfuerzos,
los sufridos marinos de la costa,
las esposas que cosen sus remiendos.
Yo por eso me empapo de tu savia,
vieja tierra de robles y de hayedos,
en la misma recojo tu cosecha
y el sudor derramado con esfuerzo.
Linda flor que has brotado en la montaña,
con cincel esculpida de un cantero,
fue la mano divina de los dioses
quien trazó tus lugares pintorescos.
Esta tierra es mi tierra, que me llama,
orgulloso rebusco en sus misterios,
apartando las brumas de la historia,
las leyendas de aldeas junto al fuego.
No hay casonas carentes de blasones,
ni fachadas desnudas y en silencio,
todas tienen un trozo del terruño,
que es la esencia que dejan los recuerdos.
Sin embargo el recuerdo no es nostalgia,
es sentir las raíces de los sueños,
es sacar de las casas con el polvo,
el legado dormido de los muertos.
Allí están tantos cuentos de la infancia,
con las trovas mezcladas entre besos,
y también ese trozo de la historia
que labraron con fe nuestros ancestros.
Yo soy hombre nacido en esta tierra,
un espacio de valles y de puertos,
donde Dios hizo un alto en el camino
y dejó sus pisadas por el suelo.
Y allí fue donde pronto se engarzaron
las raíces de brañas y de helechos,
para dar a esta tierra su grandeza
y el orgullo valiente de sus versos.
Yo me siento orgulloso de mi tierra
y a la misma me vuelco con anhelo,
rescatando ese trozo de la misma
olvidado y perdido por el tiempo.
Sus raíces penetran en el alma
en la sangre que llega hasta mi pecho,
es la tierra de montes y de costa
la que hizo a mi pluma prisionero.
Rafael Sánchez Ortega ©
25/11/09
son la cuna naciente de los pueblos,
es la nieve fundida en la montaña,
y los ríos besados por los vientos.
Pero el hombre que nace en esta tierra,
el hidalgo, el marino y el labriego,
todos vienen con algo diferente
que su cara refleja como un sello.
Son los hombres curtidos por la gleba,
que han dejado en el campo sus esfuerzos,
los sufridos marinos de la costa,
las esposas que cosen sus remiendos.
Yo por eso me empapo de tu savia,
vieja tierra de robles y de hayedos,
en la misma recojo tu cosecha
y el sudor derramado con esfuerzo.
Linda flor que has brotado en la montaña,
con cincel esculpida de un cantero,
fue la mano divina de los dioses
quien trazó tus lugares pintorescos.
Esta tierra es mi tierra, que me llama,
orgulloso rebusco en sus misterios,
apartando las brumas de la historia,
las leyendas de aldeas junto al fuego.
No hay casonas carentes de blasones,
ni fachadas desnudas y en silencio,
todas tienen un trozo del terruño,
que es la esencia que dejan los recuerdos.
Sin embargo el recuerdo no es nostalgia,
es sentir las raíces de los sueños,
es sacar de las casas con el polvo,
el legado dormido de los muertos.
Allí están tantos cuentos de la infancia,
con las trovas mezcladas entre besos,
y también ese trozo de la historia
que labraron con fe nuestros ancestros.
Yo soy hombre nacido en esta tierra,
un espacio de valles y de puertos,
donde Dios hizo un alto en el camino
y dejó sus pisadas por el suelo.
Y allí fue donde pronto se engarzaron
las raíces de brañas y de helechos,
para dar a esta tierra su grandeza
y el orgullo valiente de sus versos.
Yo me siento orgulloso de mi tierra
y a la misma me vuelco con anhelo,
rescatando ese trozo de la misma
olvidado y perdido por el tiempo.
Sus raíces penetran en el alma
en la sangre que llega hasta mi pecho,
es la tierra de montes y de costa
la que hizo a mi pluma prisionero.
Rafael Sánchez Ortega ©
25/11/09

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