Yo quise cantar al viento
y me encontré que soplaba,
la brisa fiel del nordeste
y que rizaba las aguas.
Mi piel, al sentir la brisa,
siente el volcán con su lava,
con esa sangre caliente
que grita, corre y estalla.
Por eso mi canto al viento
quedó temblando en el alma,
entre suspiros y besos
cual temporal y bonanza.
Yo quise besar al viento,
pero encontré que me hablaban,
era el run-run de las olas
en su morir en la playa.
Con aquel beso divino
quise apagar yo la llama,
dormir también las pasiones
de tantas noches soñadas.
Pero el deseo del beso
fue como ardiente resaca,
que estremecida se ofrece,
se estira, llega y se marcha.
Yo quise abrazar al viento
sintiendo como temblaban,
como gemían las cuerdas
de la invisible guitarra.
Pero las notas preciosas,
las que mis dedos buscaban
eran arpegios divinos
entre la luz y la nada.
Entonces cerré los ojos
y me quedé sin palabras,
el viento besó mis labios
y murmuró que me amaban.
Yo quise morir sintiendo
al viento fiel que me habla,
el que musita mi nombre,
entre la brisa y la barra.
Y entonces quedé muy quieto,
no quise llegara el alba,
no quise que se rompiera
el sueño y paz que me embarga.
No quise perder al viento
ni que llorando marchara,
ni quise ver a la brisa
para secar sus pestañas.
Yo quise al viento, mi viento,
el de montañas lejanas,
el que rozara tu pelo,
mientras besaba tu cara.
Y quise fundirme en viento
para tocar tu ventana,
para notar tu latido
y ser la brisa que ansiabas.
Entonces sentí tus besos,
bebí en tu copa de plata,
mientras tu cuerpo y el mío
un vals eterno bailaban.
Rafael Sánchez Ortega ©
08/10/09
y me encontré que soplaba,
la brisa fiel del nordeste
y que rizaba las aguas.
Mi piel, al sentir la brisa,
siente el volcán con su lava,
con esa sangre caliente
que grita, corre y estalla.
Por eso mi canto al viento
quedó temblando en el alma,
entre suspiros y besos
cual temporal y bonanza.
Yo quise besar al viento,
pero encontré que me hablaban,
era el run-run de las olas
en su morir en la playa.
Con aquel beso divino
quise apagar yo la llama,
dormir también las pasiones
de tantas noches soñadas.
Pero el deseo del beso
fue como ardiente resaca,
que estremecida se ofrece,
se estira, llega y se marcha.
Yo quise abrazar al viento
sintiendo como temblaban,
como gemían las cuerdas
de la invisible guitarra.
Pero las notas preciosas,
las que mis dedos buscaban
eran arpegios divinos
entre la luz y la nada.
Entonces cerré los ojos
y me quedé sin palabras,
el viento besó mis labios
y murmuró que me amaban.
Yo quise morir sintiendo
al viento fiel que me habla,
el que musita mi nombre,
entre la brisa y la barra.
Y entonces quedé muy quieto,
no quise llegara el alba,
no quise que se rompiera
el sueño y paz que me embarga.
No quise perder al viento
ni que llorando marchara,
ni quise ver a la brisa
para secar sus pestañas.
Yo quise al viento, mi viento,
el de montañas lejanas,
el que rozara tu pelo,
mientras besaba tu cara.
Y quise fundirme en viento
para tocar tu ventana,
para notar tu latido
y ser la brisa que ansiabas.
Entonces sentí tus besos,
bebí en tu copa de plata,
mientras tu cuerpo y el mío
un vals eterno bailaban.
Rafael Sánchez Ortega ©
08/10/09

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