miércoles, 26 de agosto de 2009

A LAS CINCO DE LA TARDE

A las cinco de la tarde,
se anunciaba en los carteles,
la corrida de los Mihuras
recordando a Manolete.

Un torero veterano
ante un toro que embravece,
se pasea por el ruedo,
entre aplausos de la gente.

El torero le calibra,
y su capa ya se mece,
con la música que suena
entre olés muy estridentes

Pero afuera, en otra parte,
una tarde languidece,
hay suspiros en los cielos
mientras cortan los claveles.

Una manos muy bonitas,
los recogen complacientes,
los seducen y los besan
para un ramo donde hay trece.

Cinco rosas, cinco lirios,
tres claveles sugerentes,
trece flores especiales
con un broche que estremece.

Ya la suerte de las varas
hace al toro más paciente,
con su lengua que ahora estira
añorando prado y césped.

La muleta ya le espera
y el torero tan valiente,
lleva al toro a su terreno
entre pases sin dobleces.

Al final saca la espada
y hasta el tiempo se detiene,
un clarín suena de pronto
y la plaza se enmudece.

Suena y gime una guitarra,
y unas flores inocentes
ya las llevan unas manos
hasta el ruedo en este jueves.

El torero enfila en corto
pero falla en esa suerte,
y otra espada va a su cuerpo
la del toro y oponente.

Un clamor surge en la plaza,
y la sangre brota y vence,
por el pecho del torero
a la arena tan ardiente.

Ya las flores han llegado,
con sus formas y relives,
con su luz y fantasía
cuando van dando las siete.

Ya repica la campana
por el alma tan valiente,
del torero que ha perdido
en su lucha con la muerte.

Trece flores, trece estrellas,
bajo un cielo tan celeste,
de una vida que termina
bajo el sol que languidece.

Rafael Sánchez Ortega ©
26/08/09

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