jueves, 9 de julio de 2009

YO ESCRIBÍA...

En mis ratos de ocio yo escribía.

¡Sí!, escribía viejos versos y poemas
a princesas que salían en mis sueños,
a la dulce cenicienta rescatada
de aquel baile cuando aún no eran las doce,
a sirenas encantadas en las playas misteriosas,
a las lindas Dulcineas que brotaban en mi mente.

(Era el tiempo en que soñaba).

Le escribía a las personas de ficción
e imaginarias que creó mi fantasía,
convirtiendo sus palabras en las mías,
sus paseos y caminos en mis pasos,
sus conquistas de tesoros y de tierras
en las viejas ambiciones de los niños.

(Era el tiempo de la infancia).

Le escribía a las palomas en el parque,
a los mirlos y gorriones,
a los gansos y a los cisnes
que flotaban en las aguas
del estanque,
a la ardilla que subía por el árbol,
mientras yo les contemplaba desde un banco.

(Era el tiempo en que creía en el futuro).

Escribía sin dudar, para las nubes de los cielos,
enviándole mensajes a los dioses,
confiando mis secretos,
mis temores y ambiciones,
las preguntas que me hacía en ese tiempo,
las eternas vibraciones de mi alma
que gritaba sin dolor,
que gemía sin parar y derramar ninguna lágrima,
que buscaba una respuesta inexistente,
que sentía el aleteo del amor en su costado.

(era el tiempo en que creía en esos cielos).

Escribía a los mineros de mis valles,
a esos hombres taciturnos,
con sus botas y sus trajes uniformes
que sacaban día a día
las migajas de la tierra,
los carbones, las cuarcitas y las blendas.

(Era el tiempo de las minas en activo).

Escribía al ganadero y al pastor
que pacientes acudían a los campos
a cuidar de sus ganados,
de las vacas y de ovejas
que arrancaban con sus dientes
esas yerbas del océano verdoso
que rizaba el suave viento del nordeste.

(Era el tiempo de los campos
y el ganado tan fecundos).

Escribía al labrador que luchaba con la gleba,
entre el sol que amanecía y aquel otro
que marchaba en el ocaso,
machacando los terruños,
separando tantas piedras
y surcando con su arado
tantos cientos de dibujos,
uniformes, en la tierra.

(Era el tiempo en que creía en el trabajo)

Escribía a los marinos
que pescaban en el mar,
aquellos peces que abundaban,
los besugos y merluzas,
las doradas y verdeles,
los atunes y los jargos,
embarcados en sus naves y traineras

(Era el tiempo en que los mares sonreían con sus peces).

Escribía sobre viajes y estaciones,
sobre trenes y tranvías,
sobre pueblos y ciudades,
como un viejo trotamundos
recorriendo el universo sin descanso.

(Era el tiempo en que viajaba sin descanso con mis sueños)

Escribía sobre rosas y jazmines,
sobre nardos y amapolas,
sobre lirios y lavandas
que crecían entre matas
con su olor tan suave y fino
mientras bellas mariposas
revoloteaban sin descanso
dando brillo y colorido
a la eterna primavera,
en sus fuentes misteriosas,
en los pétalos tan suaves,
en las flores que se abrían.

(Era el tiempo en que creía en los jardines).

Escribía sobre el viejo campanario de la Iglesia,
con sus piedras desafiantes a los cielos,
con su largo y afilado pararrayos,
con las voces silenciosas que emitían
las campanas sin testigos,
con el rezo del rosario lentamente
desgranado,
con los salmos de las doce,
con el dulce miserere penetrando hasta los huesos.

(Era el tiempo de mis miedos y tabúes).

Escribía para niños y mayores,
para jóvenes y ancianos,
esos cuentos que forjaba con mi mente,
siempre en busca de respuestas, todo el tiempo,
en el día y en la noche,
por la tarde y de mañana,
en el bar y en la montaña,
con mi pluma en el cuaderno
y en las viejas servilletas de papel
de las coquetas wiskerías.

(era el tiempo en que buscaba la esperanza).

Sin embargo ya no escribo,
aquel tiempo ya es pasado,
está cerrado en el recuerdo,
bajo llaves y candados,
está muerto y enterrado,
con mi pluma,
con mis versos,
con mi llanto,
con mi tiempo,
en el silencio...

(Es el tiempo del adiós ya para siempre)

Rafael Sánchez Ortega ©
09/07/09

No hay comentarios: