Un soldado descansa en su lecho,
una tumba sin nombre y sin nada,
es el precio que cobra la vida,
por caer derrotado en batalla.
Él buscó la victoria seguro,
tras banderas que estaban lejanas,
a pesar de promesas y premios
de las bocas que mienten y engañan.
Era un hombre cualquiera del mundo,
seducido por falsas patrañas,
alistado quizás a la fuerza
y alejado también de su casa.
Combatió como tantos soldados
con el barro, en trincheras mojadas,
el fusil empuñaba con miedo
y sus dedos de niño temblaban.
Yo miraba la tumba en silencio
del soldado que en ella descansa,
sin saber tan siquiera su nombre
y tampoco su credo y su raza.
Y pensé que los hombres decentes
son aquellos que rezan y callan,
los que siguen ansiosos los pasos
con sudor, tras banderas y patrias.
Son soldados que van a los frentes,
son anónimos seres que pasan,
no han tenido en su vida, en las manos,
balloneta y fusil con las balas.
Les esperan el infierno en sus días
y el laurel con la gloria soñada,
que promete el político ciego
a una vida sin fé y esperanza.
Más la guerra no sabe de honores,
y los hombres disparan y matan,
mientras lloran sus ojos de niños
y el amor por el odio los cambia.
Al final todo acaba en tragedia,
y la muerte se cobra su baza,
los soldados disparan y mueren
sin saber si era justa su causa.
Y comienza la eterna comedia
cuando dan a ese cuerpo medallas,
al soldado elegido entre muchos
y que yace entre el zinc de una caja.
Rompe el aire el clarín del silencio,
a un soldado saludan y aclaman,
son minutos de penas y glorias,
son segundos que erizan el alma.
Y me digo que no, que no es eso,
toda vida que vive, es sagrada,
sobran guerras e inútiles hombres,
hacen falta los seres que aman.
Hacen falta los niños que jueguen,
los poetas que escriban al alba,
las princesas de cuentos azules
y la madres que canten las nanas.
Rafael Sánchez Ortega ©
16/07/09
una tumba sin nombre y sin nada,
es el precio que cobra la vida,
por caer derrotado en batalla.
Él buscó la victoria seguro,
tras banderas que estaban lejanas,
a pesar de promesas y premios
de las bocas que mienten y engañan.
Era un hombre cualquiera del mundo,
seducido por falsas patrañas,
alistado quizás a la fuerza
y alejado también de su casa.
Combatió como tantos soldados
con el barro, en trincheras mojadas,
el fusil empuñaba con miedo
y sus dedos de niño temblaban.
Yo miraba la tumba en silencio
del soldado que en ella descansa,
sin saber tan siquiera su nombre
y tampoco su credo y su raza.
Y pensé que los hombres decentes
son aquellos que rezan y callan,
los que siguen ansiosos los pasos
con sudor, tras banderas y patrias.
Son soldados que van a los frentes,
son anónimos seres que pasan,
no han tenido en su vida, en las manos,
balloneta y fusil con las balas.
Les esperan el infierno en sus días
y el laurel con la gloria soñada,
que promete el político ciego
a una vida sin fé y esperanza.
Más la guerra no sabe de honores,
y los hombres disparan y matan,
mientras lloran sus ojos de niños
y el amor por el odio los cambia.
Al final todo acaba en tragedia,
y la muerte se cobra su baza,
los soldados disparan y mueren
sin saber si era justa su causa.
Y comienza la eterna comedia
cuando dan a ese cuerpo medallas,
al soldado elegido entre muchos
y que yace entre el zinc de una caja.
Rompe el aire el clarín del silencio,
a un soldado saludan y aclaman,
son minutos de penas y glorias,
son segundos que erizan el alma.
Y me digo que no, que no es eso,
toda vida que vive, es sagrada,
sobran guerras e inútiles hombres,
hacen falta los seres que aman.
Hacen falta los niños que jueguen,
los poetas que escriban al alba,
las princesas de cuentos azules
y la madres que canten las nanas.
Rafael Sánchez Ortega ©
16/07/09

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