martes, 14 de julio de 2009

LOS ÁRBOLES MANDABAN UN SUSURRO

Los árboles mandaban un susurro
mecidos por las ráfagas del viento,
venía hasta mi lado su recado,
dejando en mis bejillas aquel beso.

Las tiernas amapolas se doblaban,
las rosas suspiraban mil deseos,
los lirios palpitaban lentamente,
gozando de la paz del cementerio.

Inmóvil contemplaba aquel retrato,
buscando entre las tumbas un recuerdo,
los rostros tan queridos del pasado
cerrados ya sus ojos por el sueño.

Entonces comprendí lo que pasaba,
estaba en soledad y en el silencio,
estaba con mi eterna compañía
buscando tras las sombras los luceros.

Hay bellas mariposas en la vida
que llevan sus vestidos a los huertos,
y vuelan con sus alas de colores
dejándonos su gracia y embeleso.

Yo sé que las mañanas son tranquilas,
que cantan las cigarras sus lamentos,
que pasan las gaviotas muy ufanas
buscando las traineras por el puerto.

Por eso yo recojo los suspiros,
las flores han guardado los secretos,
tras lágrimas y besos entregados,
ocultos con la salve de los rezos.

Y siento de los árboles la calma,
recibo ese susurro que yo acepto,
la dulce melodía que me envían,
el suave escalofrío que yo siento.

La vida continúa, mientras tanto,
marchamos, sin saberlo, hacia lo eterno,
marchamos con el paso peregrino
en busca de la paz y del consuelo.

La paz que han deseado nuestras almas,
el beso perseguido con denuedo,
la gracia seductora de la vida,
la simple poesía de unos versos.

Rafael Sánchez Ortega ©
14/07/09

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