
Yo no sé si hay un ángel en el cielo
que me suba a las nubes con sus alas,
al que pueda contarle mis pecados
y me dé esa paz que me hace falta.
Yo quisiera que el cielo me perdone,
y que calme en mi pecho tanta rabia,
tanto exceso de amor que he contenido
y quizás esas lágrimas causadas.
No he querido hacer daño a las personas
aunque pude dañar a quien me ama,
me arrepiento y le pido me perdone
y que Dios vele el sueño de mi amada.
Las hogueras se encienden con los fuegos,
las pasiones cabalgan desbocadas,
y en los pechos fogosos que palpitan,
unos leños se funden con las llamas.
Yo sé bien que los hombres se equivocan,
aunque hay otros que dudan y que fallan,
y que hieren, quizás sin darse cuenta,
y no ven más allá de sus pestañas.
Hay amantes que ciegos parpadean
y que buscan amor entre las almas,
hay amantes que son como los niños,
y que esperan amor desde la nada.
Los primeros se baten en la lucha
y regresan cansados para casa,
con heridas que sangran sin descanso,
a pesar de ganar en la batalla.
Más los niños que aman y que esperan,
los que juegan al corro por la plaza,
esos son otros hombres y mujeres
con la carga del alma tan pesada.
Estos seres palpitan y se quieren,
a pesar de peleas con sus armas,
a pesar de lanzarse mil reproches
a pesar de esas lágrimas saladas.
Yo te pido mi Dios, que me perdones,
y que cures las almas destrozadas,
de los niños y hombres que suspiran,
porque Tú eres Amor y dás la calma.
Yo no sé si hay un ángel en el cielo,
si lo hay que recoja mis palabras,
y que lleve mis versos y mis letras
ante Dios, para ti, con mi plegaria.
Rafael Sánchez Ortega ©
30/06/09
que me suba a las nubes con sus alas,
al que pueda contarle mis pecados
y me dé esa paz que me hace falta.
Yo quisiera que el cielo me perdone,
y que calme en mi pecho tanta rabia,
tanto exceso de amor que he contenido
y quizás esas lágrimas causadas.
No he querido hacer daño a las personas
aunque pude dañar a quien me ama,
me arrepiento y le pido me perdone
y que Dios vele el sueño de mi amada.
Las hogueras se encienden con los fuegos,
las pasiones cabalgan desbocadas,
y en los pechos fogosos que palpitan,
unos leños se funden con las llamas.
Yo sé bien que los hombres se equivocan,
aunque hay otros que dudan y que fallan,
y que hieren, quizás sin darse cuenta,
y no ven más allá de sus pestañas.
Hay amantes que ciegos parpadean
y que buscan amor entre las almas,
hay amantes que son como los niños,
y que esperan amor desde la nada.
Los primeros se baten en la lucha
y regresan cansados para casa,
con heridas que sangran sin descanso,
a pesar de ganar en la batalla.
Más los niños que aman y que esperan,
los que juegan al corro por la plaza,
esos son otros hombres y mujeres
con la carga del alma tan pesada.
Estos seres palpitan y se quieren,
a pesar de peleas con sus armas,
a pesar de lanzarse mil reproches
a pesar de esas lágrimas saladas.
Yo te pido mi Dios, que me perdones,
y que cures las almas destrozadas,
de los niños y hombres que suspiran,
porque Tú eres Amor y dás la calma.
Yo no sé si hay un ángel en el cielo,
si lo hay que recoja mis palabras,
y que lleve mis versos y mis letras
ante Dios, para ti, con mi plegaria.
Rafael Sánchez Ortega ©
30/06/09

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