
Respóndeme mi amor, a las preguntas,
dejando que me hablen tus latidos,
respóndeme sin miedos ni temores
y sácame del fondo del abismo.
No quiero más silencios por respuesta,
ni quiero ya colores amarillos,
la vida tiene más que todo eso,
nos lleva desde el cero al infinito.
No quiero simplemente que me creas
ni pienses en un mundo muy bonito,
el hombre, por ser hombre, se equivoca,
perdiendo muchas veces el sentido.
Hay cuentos que nos dicen de pequeños
y en ellos nos deslumbran con su brillo,
vivimos y soñamos aventuras
corriendo por extraños pasadizos.
La vida de la infancia es una nube,
vivida en el jardín del paraíso,
corremos con los niños en el parque,
mezclando nuestras risas con sus gritos.
De jóvenes leemos las novelas
y al cielo con princesas nos subimos,
soñamos con un mundo de colores,
soñamos sin pensar en el destino.
La vida en esa etapa es algo dulce
un trago de brillante colorido,
en ella se combinan emociones,
haciendo, sin querer, mil desatinos.
El tiempo no perdona nuestra marcha,
crecemos y marchamos de ese limbo,
cruzamos esa raya divisoria
y somos ya mayores sin pedirlo.
Entonces nuestra vida se complica,
y empieza ese cansancio repentino,
los sueños ya no vuelven a nosotros
y queda nuestro pecho dolorido.
Se mueren con el tiempo las promesas,
quedando los recuerdos y el olvido
en ese recipiente de las almas
que sufren y lamentan por su sino.
Un día nos miramos al espejo
y vemos ante él, lo que hemos sido,
el niño, el jovenzuelo y el adulto,
y el rostro que te mira envejecido.
Entonces le preguntas al espejo,
"respóndeme, mi amor, yo no me he ido,
espero que tu vengas a mi lado
y vivas con mi sueño tu cariño".
No hay eco ni respuesta a tu pregunta,
tan sólo soledad en el vacío,
te miras esa cara que conoces
y mandas a la brisa tus suspiros.
Rafael Sánchez Ortega ©
19/06/09
dejando que me hablen tus latidos,
respóndeme sin miedos ni temores
y sácame del fondo del abismo.
No quiero más silencios por respuesta,
ni quiero ya colores amarillos,
la vida tiene más que todo eso,
nos lleva desde el cero al infinito.
No quiero simplemente que me creas
ni pienses en un mundo muy bonito,
el hombre, por ser hombre, se equivoca,
perdiendo muchas veces el sentido.
Hay cuentos que nos dicen de pequeños
y en ellos nos deslumbran con su brillo,
vivimos y soñamos aventuras
corriendo por extraños pasadizos.
La vida de la infancia es una nube,
vivida en el jardín del paraíso,
corremos con los niños en el parque,
mezclando nuestras risas con sus gritos.
De jóvenes leemos las novelas
y al cielo con princesas nos subimos,
soñamos con un mundo de colores,
soñamos sin pensar en el destino.
La vida en esa etapa es algo dulce
un trago de brillante colorido,
en ella se combinan emociones,
haciendo, sin querer, mil desatinos.
El tiempo no perdona nuestra marcha,
crecemos y marchamos de ese limbo,
cruzamos esa raya divisoria
y somos ya mayores sin pedirlo.
Entonces nuestra vida se complica,
y empieza ese cansancio repentino,
los sueños ya no vuelven a nosotros
y queda nuestro pecho dolorido.
Se mueren con el tiempo las promesas,
quedando los recuerdos y el olvido
en ese recipiente de las almas
que sufren y lamentan por su sino.
Un día nos miramos al espejo
y vemos ante él, lo que hemos sido,
el niño, el jovenzuelo y el adulto,
y el rostro que te mira envejecido.
Entonces le preguntas al espejo,
"respóndeme, mi amor, yo no me he ido,
espero que tu vengas a mi lado
y vivas con mi sueño tu cariño".
No hay eco ni respuesta a tu pregunta,
tan sólo soledad en el vacío,
te miras esa cara que conoces
y mandas a la brisa tus suspiros.
Rafael Sánchez Ortega ©
19/06/09

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