martes, 2 de junio de 2009

FUE UNA ESPADA DE ACERO TOLEDANA


Fue una espada de acero toledana,
fue un puñal afilado y berberisco,
una lanza tomada en Roncesvalles,
una flecha del arco de Cupido.

Un jinete surcando la espesura,
un caballo lanzando aquel relincho,
una mezcla del hombre y el pegaso,
o quizás las historias de unos niños.

Don Quijote cabalga por Castilla,
va buscando con celo al enemigo,
tras los cascos del viejo Rocinante,
Sancho Panza, en un asno, va tranquilo.

Atrás quedan posadas y mesones,
caballeros con curas y mendigos,
bachilleres con voces suplicantes,
labradores de rostros muy curtidos.

Un romance se escapa de los cuentos
se transforma en leyenda en muchos sitios,
al final ya se duda si ha pasado,
o si fue un juglar el que lo ha escrito.

Mas no importan Cervantes ó Quevedo,
el Don Juan con su historia está servido,
y Zorrilla declama presuroso,
ante el Larra que yace bajo un tilo.

Y así vi las pasiones más ocultas,
en la eterna ciudad de los prodigios,
el Madrid de los Austrias y Borbones,
donde Bécquer rimaba con sigilo.

Una nota escapaba de aquel arpa,
golondrina de rimas con su trino,
una linda saeta voladora
que rasgaba los cielos con su brillo.

Y de pronto sentí aquella lanzada,
mi costado quebró con su castigo,
y te vi, bella luna del verano
y sentí tus susurros y latidos.

Tú querías bajar hasta mi lado,
a calmar este pecho malherido,
a dormir con mis sueños y pasiones,
encontrando ese espejo cristalino.

Fue una espada de acero toledana,
fueron cuentos sacados del olvido,
fuiste tú, Dulcinea del Toboso,
quien logró que venciera a los molinos.

Rafael Sánchez Ortega ©
02/06/09

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