
Y te quedaste anclada en el silencio
mirando sin saber lo que pasaba,
quizás era una nota retenida,
quizás era una lágrima del arpa.
Quisiera ser el dedo de la mano,
la yema que paciente te pulsara,
la misma que sintieras en tu pecho
la nota tan preciosa y tan sagrada.
Y ese vagar ausente de la mente,
ese volar al cielo sin tus alas,
esa mirada fija de tus ojos,
decía sin palabras lo que guardas.
Yo me quedé mirando tu figura
y respeté el silencio que emanaba,
más quise penetrar ese misterio
y a ti elevé mis ojos y mirada.
Trataba de buscar, en tus pupilas,
la nota del silencio y de su causa,
quise romper el hielo de las sombras
y ver al fin el fondo de tu alma.
Yo vi reir tus labios temblorosos,
cuando llevé la brisa hasta tu cara,
ese vibrar tan fino de los juncos,
con el nordeste vivo en la mañana.
Y me quedé mirando por los cielos,
entre su azul, las nubes hoy tan blancas,
quise buscar allí tantas respuestas,
las que el dolor, sin duda, me negaba.
Y no te comprendí, mi ser amado,
mirabas sin decir lo que mirabas,
mirabas más allá del infinito,
mirabas en silencio hacia la nada.
Mirabas a ese mundo de las sombras
con sus tinieblas grises y fantasmas,
buscabas en el mismo las respuestas,
las que la vida misma te negaba.
Y yo besé tus labios temblorosos,
quise apartar el miedo de tu cara,
y te ofrecí, sincero, aquel abrazo,
para dormir mi amor, en paz y en calma.
Rafael Sánchez Ortega ©
20/05/09
mirando sin saber lo que pasaba,
quizás era una nota retenida,
quizás era una lágrima del arpa.
Quisiera ser el dedo de la mano,
la yema que paciente te pulsara,
la misma que sintieras en tu pecho
la nota tan preciosa y tan sagrada.
Y ese vagar ausente de la mente,
ese volar al cielo sin tus alas,
esa mirada fija de tus ojos,
decía sin palabras lo que guardas.
Yo me quedé mirando tu figura
y respeté el silencio que emanaba,
más quise penetrar ese misterio
y a ti elevé mis ojos y mirada.
Trataba de buscar, en tus pupilas,
la nota del silencio y de su causa,
quise romper el hielo de las sombras
y ver al fin el fondo de tu alma.
Yo vi reir tus labios temblorosos,
cuando llevé la brisa hasta tu cara,
ese vibrar tan fino de los juncos,
con el nordeste vivo en la mañana.
Y me quedé mirando por los cielos,
entre su azul, las nubes hoy tan blancas,
quise buscar allí tantas respuestas,
las que el dolor, sin duda, me negaba.
Y no te comprendí, mi ser amado,
mirabas sin decir lo que mirabas,
mirabas más allá del infinito,
mirabas en silencio hacia la nada.
Mirabas a ese mundo de las sombras
con sus tinieblas grises y fantasmas,
buscabas en el mismo las respuestas,
las que la vida misma te negaba.
Y yo besé tus labios temblorosos,
quise apartar el miedo de tu cara,
y te ofrecí, sincero, aquel abrazo,
para dormir mi amor, en paz y en calma.
Rafael Sánchez Ortega ©
20/05/09

No hay comentarios:
Publicar un comentario