
Voy a ti, vieja encina misteriosa,
donde puse mis sueños en la infancia;
en tus ramas colgaron tantos globos,
con suspiros sacados de mi alma.
Hoy te veo ya un tanto envejecida,
temblorosa y con arrugas en tu cara,
y con tantos recuerdos por el suelo
de promesas eternas olvidadas.
Me pregunto qué ha sido de aquel niño,
aquel joven de cara sonrojada,
que a tu lado llevaba mil canciones
y en el tronco ferviente te besaba.
Me pregunto si existe todavía
el poeta de tardes soleadas,
que llegaba a tu lado, muchas veces,
a buscar esa sombra que le dabas.
¡Cuánta nota salía a su cuartilla
mientras tú, silenciosa le mirabas,
vieja encina que emites mil sonidos
con la brisa de mares y montañas!
Aquel niño con aires de poeta,
aquel joven paciente te buscaba,
iba a ti, vieja encina vigorosa
a encontrar los consejos y tu calma.
Y aquel joven, un día sorprendido,
se marchó para tierras muy lejanas,
en un viaje de ida, y sin retorno,
mientras tú solitaria te quedabas.
Al marchar, comprendió, que en esa tierra,
una encina de amor y una esperanza,
se quedaban llorando su partida
y también esa vuelta tan ansiada.
Transcurrieron los meses y los años,
y en el hombre, su pelo, le dio canas,
aquel niño de pronto fue un viejito,
regresando un otoño a su cabaña.
Allí estaba la encina solitaria,
la del joven y el niño que la amaba,
esa encina tan dulce y misteriosa,
que arrancó de sus ramas tantas nanas.
Vuelvo a ti, vieja encina de mi vida,
con tus sienes ya firmes plateadas,
esas ramas que tanto yo he soñado,
para darte mi amor en la mañana.
Y te digo que si, que yo te quiero,
y que quiero dormir bajo tus ramas,
ese sueño tan lindo de los niños,
mientras siento tus besos que me alcanzan.
Rafael Sánchez Ortega ©
23/05/09
donde puse mis sueños en la infancia;
en tus ramas colgaron tantos globos,
con suspiros sacados de mi alma.
Hoy te veo ya un tanto envejecida,
temblorosa y con arrugas en tu cara,
y con tantos recuerdos por el suelo
de promesas eternas olvidadas.
Me pregunto qué ha sido de aquel niño,
aquel joven de cara sonrojada,
que a tu lado llevaba mil canciones
y en el tronco ferviente te besaba.
Me pregunto si existe todavía
el poeta de tardes soleadas,
que llegaba a tu lado, muchas veces,
a buscar esa sombra que le dabas.
¡Cuánta nota salía a su cuartilla
mientras tú, silenciosa le mirabas,
vieja encina que emites mil sonidos
con la brisa de mares y montañas!
Aquel niño con aires de poeta,
aquel joven paciente te buscaba,
iba a ti, vieja encina vigorosa
a encontrar los consejos y tu calma.
Y aquel joven, un día sorprendido,
se marchó para tierras muy lejanas,
en un viaje de ida, y sin retorno,
mientras tú solitaria te quedabas.
Al marchar, comprendió, que en esa tierra,
una encina de amor y una esperanza,
se quedaban llorando su partida
y también esa vuelta tan ansiada.
Transcurrieron los meses y los años,
y en el hombre, su pelo, le dio canas,
aquel niño de pronto fue un viejito,
regresando un otoño a su cabaña.
Allí estaba la encina solitaria,
la del joven y el niño que la amaba,
esa encina tan dulce y misteriosa,
que arrancó de sus ramas tantas nanas.
Vuelvo a ti, vieja encina de mi vida,
con tus sienes ya firmes plateadas,
esas ramas que tanto yo he soñado,
para darte mi amor en la mañana.
Y te digo que si, que yo te quiero,
y que quiero dormir bajo tus ramas,
ese sueño tan lindo de los niños,
mientras siento tus besos que me alcanzan.
Rafael Sánchez Ortega ©
23/05/09

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