miércoles, 8 de abril de 2009

UN BESO EN LA DISTANCIA


Escribiste canciones en mi alma
con la voz que excitaba mis sentidos,
y elevaste tu mano hasta mi pelo
como muestra de amor y de cariño.

Tus caricias sembraron ilusiones
y tus dedos dejaron ese alivio,
en el roce tan suave que llegaba
y en el beso, sin labios, de los mismos.

Yo forjé fantasías en mi mente
y volé con mis sueños como un niño,
a buscar esa mano que me dabas,
sin promesas ni músicas ni himnos.

Y me fui presuroso tras tus pasos,
deseando ganar el infinito
y llegar algún día hasta ese puerto,
y atracar a mi nave en el destino.

Una nave cubierta de carencias,
con remiendos y rotos alusivos,
a las mil y un galernas soportadas
con la mar, con la sal y entre marinos.

Las mareas subían y bajaban
mientras yo las miraba con sigilo,
contemplando las olas caprichosas
que el nordeste bordaba con sus rizos.

El salitre bebía mi garganta
y dejaba en la voz un ronco grito,
y mi cuerpo de arrugas se cubría
y los años pasaban despacito.

Yo hice guardia en las noches de bonanza
y lancé a la luna mil suspiros
a esa luna coqueta y deliciosa
que bañaba los mares con su brillo.

Pero pronto la sangre despertaba
y en mi pecho resuenan los latidos,
esas venas que ardientes que transportan
a la tinta tan fiel de tus escritos.

A la mano paciente y cariñosa
que me dijo, mi amor que sigo vivo,
y que siga los trazos de su mano,
y camine con ella mi camino.

Y aquí estoy en la noche que se pasa
como amante y paciente peregrino,
esperando tu mano y tu sonrisa,
y ese beso tan tuyo que hago mío.

Rafael Sánchez Ortega ©
08/04/09

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