Aquel día unos labios suplicarony rezaron a Dios una plegaria,
le pedían temblando por la vida,
le pedían urgente por un alma.
Tú supiste de pronto la noticia,
la del niño que enfermo te lloraba,
la del hombre valiente que sufría
la del ser que miraba hacia la nada.
Era un niño con cara muy doliente,
una flor impaciente que se ajaba,
una dulce y temprana melodía,
una nota de viola rescatada.
Y aquel hombre sufría duramente
y buscaba en los cielos su esperanza,
ese rayo de luz en el destino,
esa paz que ferviente te rogaba.
Pero el ser que miraba al infinito,
ese ser que temblando te buscaba,
te pedía mi Dios que le ayudases
y le dieras al niño su templanza.
Te pedía rezando por el niño,
por el hombre que ardiente te gritaba,
por el ser que sufría todo aquello
por el cielo que obviaba su plegaria.
Pero tú te olvidabas de sus rezos
porque estabas durmiendo y descansabas,
de los hombres sus guerras y sus luchas,
de sus viles acciones y batallas.
Sin embargo la música de cuerda
resonó en tu costado con el arpa,
y una suave y graciosa melodía
alteró las facciones de tu cara.
Despertaste mi Dios, en un momento,
y buscaste al niño que llamaba,
le tocaste su rostro con tu mano
y cerraste sus ojos sin palabras.
Se durmieron el niño tan enfermo,
y también aquel hombre que clamaba,
y con ellos el ser que te pedía
y que ardiente sus rezos te dejara.
Se durmieron tus labios temblorosos
y en los mismos un beso se posaba,
era un beso bajado de los cielos,
era un rayo de amor y de bonanza.
Rafael Sánchez Ortega ©
11/01/09

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