viernes, 16 de enero de 2009

UNA VIEJITA



Una viejita sentada
leía un libro muy viejo,
pensaba, mientras leía,
en un poeta travieso.

Le conoció siendo joven,
cuando miró aquellos versos,
en un descuido del alma,
que le acercó a su cuaderno.

Todo pasó de repente,
entre suspiros sinceros,
llegó Cupìdo y su arco
haciendo diana en su pecho.

Pero el poeta orgulloso
miraba lejos sin miedo,
buscaba cielos altivos,
con sus castillos señeros.

Buscaba mil fantasías,
entre princesas y cuentos,
sin darse cuenta que cerca
tenía allí su lucero.

Tenía cerca su estrella,
con tanta luz en sus flecos,
con mil caricias doradas
con sus palabras y besos.

Y sucedió en un instante
cuando se vio en un espejo,
tras él estaba su amada,
la niña azul de sus sueños.

Y esa viejita que ahora
lee con paciencia en invierno,
sabe que no es fantasía,
y fue un amor verdadero.

Que sucedió en un instante,
y que pasó en un momento,
cuando cruzó por su vida
aquel poeta viajero.

Aquel poeta del mundo
con ojos verdes, muy tiernos,
con su figura delgada
su plateado cabello.

Aún recordaba sus letras,
el borrador con el texto,
aquellos versos dorados
que le enseñó en unos pliegos.

Se enamoró sin pensarlo,
su corazón se hizo preso,
de aquellas manos divinas
de aquellos dedos inquietos.

Lanzó suspiros al aire,
mandó mil gritos al cielo,
y le pidió a aquel poeta,
que la llevara muy lejos.

Y así corrieron el mundo
la viejecita y su dueño,
él escribiendo poemas,
ella tejiendo en silencio.

Ahora que pasa la tarde,
sale un suspiro de dentro,
del pecho de esta viejita
que dijo entonces te quiero.

Hoy sigue amando sin pausa
mientras lo lee junto al fuego,
mientras calienta su sangre
sus piececitos y cuerpo.

Su nombre viene a los labios,
su amor pervive en el tiempo,
ella acaricia sus letras,
como si fuera su pelo.

Una pesada cortina
cierra sus ojos despiertos,
con la figura gallarda
de aquel poeta sediento.

De aquel amor de su vida,
el que que retuvo con celo,
del que no quiso librarse,
con el que sigue durmiendo.

Una viejita sentada
sentía amor muy adentro,
en lo profundo del alma
en la raiz de sus huesos.

Ella leía en la tarde,
el libro viejo, y eterno,
de aquel poeta con nombre
que le contó mil secretos.

Rafael Sánchez Ortega ©
06/01/09

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