
Se murieron los olmos del parque
y se fueron dejando un vacío,
me dejaron la eterna tristeza
de un lugar solitario y con frío.
Un paseo más bien desolado
al que cubre de escarcha el rocío,
mientras tiemblan las sombras que pasan
y con ellas se marcha el estío.
Se murieron los sueños aquellos
que en la tarde despiertos vivimos,
y marcharon sin pena ni gloria
a buscar otros nuevos caminos.
Otras nuevas y largas calzadas
que los lleven a campos divinos
a encontrar las estrellas que lucen
y que mandan sus rayos tan finos.
Se murieron los días de agosto
y callaron de pronto los grillos,
se cambiaron de gala las hojas
y sacaron de pronto sus brillos.
Se tornaron de pronto dorados
los alegres y tiernos visillos,
esas dulces y bellas cortinas
que bailaban y hacían corrillos.
Se murieron las tiernas promesas
que soñé muchas veces de niño,
y se fueron dejándome solo
suplicando y pidiendo cariño.
Se marcharon así de sorpresa
con sus frases de seda y armiño,
se marcharon quizás para siempre
sin chistar y sin darme ni un guiño.
Se murieron los hombres valientes
los Quijotes en libros leídos
y con ellos murieron los sueños,
las princesas y lindos Cupidos.
Las princesas marcharon despacio
se llevaron los sueños dormidos,
los Cupidos guardaron sus flechas
y sus arcos cayeron vencidos.
Se murieron los olmos del parque
y con ellos sus hojas y abrigos,
tiritando la gente que pasa
y los pobres y ancianos mendigos.
Se murieron los olmos, es cierto,
y se fueron los fieles amigos,
donde un día grabamos los nombres
y el amor del que fueron testigos.
Rafael Sánchez Ortega ©
21/01/09
y se fueron dejando un vacío,
me dejaron la eterna tristeza
de un lugar solitario y con frío.
Un paseo más bien desolado
al que cubre de escarcha el rocío,
mientras tiemblan las sombras que pasan
y con ellas se marcha el estío.
Se murieron los sueños aquellos
que en la tarde despiertos vivimos,
y marcharon sin pena ni gloria
a buscar otros nuevos caminos.
Otras nuevas y largas calzadas
que los lleven a campos divinos
a encontrar las estrellas que lucen
y que mandan sus rayos tan finos.
Se murieron los días de agosto
y callaron de pronto los grillos,
se cambiaron de gala las hojas
y sacaron de pronto sus brillos.
Se tornaron de pronto dorados
los alegres y tiernos visillos,
esas dulces y bellas cortinas
que bailaban y hacían corrillos.
Se murieron las tiernas promesas
que soñé muchas veces de niño,
y se fueron dejándome solo
suplicando y pidiendo cariño.
Se marcharon así de sorpresa
con sus frases de seda y armiño,
se marcharon quizás para siempre
sin chistar y sin darme ni un guiño.
Se murieron los hombres valientes
los Quijotes en libros leídos
y con ellos murieron los sueños,
las princesas y lindos Cupidos.
Las princesas marcharon despacio
se llevaron los sueños dormidos,
los Cupidos guardaron sus flechas
y sus arcos cayeron vencidos.
Se murieron los olmos del parque
y con ellos sus hojas y abrigos,
tiritando la gente que pasa
y los pobres y ancianos mendigos.
Se murieron los olmos, es cierto,
y se fueron los fieles amigos,
donde un día grabamos los nombres
y el amor del que fueron testigos.
Rafael Sánchez Ortega ©
21/01/09

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