El viento meneaba la cortina
y también tus cabellos seductores,
dejando tu figura encantadora
expuesta a la mirada de los hombres.
Yo quise que sintieras mi latido
y al viento le mandé gritos y voces,
llevaban un mensaje definido
decían y gritaban sólo un nombre.
El nombre de la dueña de mis sueños,
que busco en los jardines y en las flores,
sintiendo la caricia de sus dedos,
la suave tentación de sus acordes.
La dulce melodía de tu sangre
que corre, que se inflama y que se esconde,
buscando entre los pliegues de mi alma,
el lecho en que dejar sus ilusiones.
El viento caprichoso del verano
volaba tus vestidos en desorden,
los hombres se volvían sorprendidos
sacando de tu rostro los colores.
Entonces yo corrí hasta tu lado,
llevando aquel vestido sin botones,
la blusa inmaculada de tu cuerpo,
que ofreces a mis ojos en la noche.
Miraste hasta mis ojos con dulzura,
sacaste de tu alma mil canciones,
brotaron de tu pecho mariposas
volaron a otros mundos soñadores.
Y entonces se juntaron nuestras manos,
rompieron nuestros pechos sus ardores,
prendimos las pasiones contenidas
bebiendo el grato cáliz con su cóctel.
Bebimos ese vino de los labios,
el tuyo con reserva de los dioses,
el mío sugerente, embravecido,
mezclados con la miel y las pasiones.
Y luego nos dormimos con el viento,
desnudos, sin temor ni tentaciones,
¡había sólo amor en nuestras almas,
buscando allí, el amor, donde se esconde!
Rafael Sánchez Ortega ©
02/01/09
y también tus cabellos seductores,
dejando tu figura encantadora
expuesta a la mirada de los hombres.
Yo quise que sintieras mi latido
y al viento le mandé gritos y voces,
llevaban un mensaje definido
decían y gritaban sólo un nombre.
El nombre de la dueña de mis sueños,
que busco en los jardines y en las flores,
sintiendo la caricia de sus dedos,
la suave tentación de sus acordes.
La dulce melodía de tu sangre
que corre, que se inflama y que se esconde,
buscando entre los pliegues de mi alma,
el lecho en que dejar sus ilusiones.
El viento caprichoso del verano
volaba tus vestidos en desorden,
los hombres se volvían sorprendidos
sacando de tu rostro los colores.
Entonces yo corrí hasta tu lado,
llevando aquel vestido sin botones,
la blusa inmaculada de tu cuerpo,
que ofreces a mis ojos en la noche.
Miraste hasta mis ojos con dulzura,
sacaste de tu alma mil canciones,
brotaron de tu pecho mariposas
volaron a otros mundos soñadores.
Y entonces se juntaron nuestras manos,
rompieron nuestros pechos sus ardores,
prendimos las pasiones contenidas
bebiendo el grato cáliz con su cóctel.
Bebimos ese vino de los labios,
el tuyo con reserva de los dioses,
el mío sugerente, embravecido,
mezclados con la miel y las pasiones.
Y luego nos dormimos con el viento,
desnudos, sin temor ni tentaciones,
¡había sólo amor en nuestras almas,
buscando allí, el amor, donde se esconde!
Rafael Sánchez Ortega ©
02/01/09

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