Decir adiós es algo siempre triste,
es aguantar paciente tantas lágrimas,
es encerrar de pronto los recuerdos,
tras una puerta de negrura amarga.
Pero también amor, en ese adiós,
dejas momentos lindos y esperanzas,
quedan allí perdidas las violetas,
las que te dieron en la tarde clara.
Dejas cafés en noches consumidos,
dejas cigarros con su estela blanca,
y también queda la sonrisa aquella,
sobre los labios que temblando amaban.
Todo lo dejas, nada te detiene,
en ese adiós hacia la noche en calma,
para buscar deprisa por la arena,
la luz eterna con su antorcha y llama.
Pesan los años y pesan los días,
pesa el fardo cargado en las espaldas,
pero no te importa sufrir un poco
si con todo ello iniciarás la marcha.
¡Ay sueño mío, con verdad tan simple,
cuánto dolor sufrí yo, por tu causa!,
¡Aquí me tienes viajero hacia lo eterno,
para subir muy pronto en esta barca!.
Te digo adiós de nuevo con un beso,
el que mis labios dejan en tu cara,
con un temblor apenas perceptible
mientras el llanto aflora a mis pestañas.
He de partir, lo sé, no me detengas,
no quiero ya, recuerdos y nostalgias,
en este adiós entrego lo que tengo,
para el amor querido que soñara.
Entrego el corazón aún palpitando,
con la sangre corriendo acelerada,
por estas venas de infantil cordura,
tras una lucha tan sutil y vana.
¡Oh amable corazón que aquí me escuchas!,
recibe sin tristeza mis palabras,
recibe en este adiós, cuánto te quiero,
y siente que te amo más que a nada.
Más tengo que marchar, ya se hace tarde,
es hora de intentar mirar el alba,
es hora del adiós, amada mía,
se rompe el corazón, se rompe el alma.
Rafael Sánchez Ortega ©
04/09/09
es aguantar paciente tantas lágrimas,
es encerrar de pronto los recuerdos,
tras una puerta de negrura amarga.
Pero también amor, en ese adiós,
dejas momentos lindos y esperanzas,
quedan allí perdidas las violetas,
las que te dieron en la tarde clara.
Dejas cafés en noches consumidos,
dejas cigarros con su estela blanca,
y también queda la sonrisa aquella,
sobre los labios que temblando amaban.
Todo lo dejas, nada te detiene,
en ese adiós hacia la noche en calma,
para buscar deprisa por la arena,
la luz eterna con su antorcha y llama.
Pesan los años y pesan los días,
pesa el fardo cargado en las espaldas,
pero no te importa sufrir un poco
si con todo ello iniciarás la marcha.
¡Ay sueño mío, con verdad tan simple,
cuánto dolor sufrí yo, por tu causa!,
¡Aquí me tienes viajero hacia lo eterno,
para subir muy pronto en esta barca!.
Te digo adiós de nuevo con un beso,
el que mis labios dejan en tu cara,
con un temblor apenas perceptible
mientras el llanto aflora a mis pestañas.
He de partir, lo sé, no me detengas,
no quiero ya, recuerdos y nostalgias,
en este adiós entrego lo que tengo,
para el amor querido que soñara.
Entrego el corazón aún palpitando,
con la sangre corriendo acelerada,
por estas venas de infantil cordura,
tras una lucha tan sutil y vana.
¡Oh amable corazón que aquí me escuchas!,
recibe sin tristeza mis palabras,
recibe en este adiós, cuánto te quiero,
y siente que te amo más que a nada.
Más tengo que marchar, ya se hace tarde,
es hora de intentar mirar el alba,
es hora del adiós, amada mía,
se rompe el corazón, se rompe el alma.
Rafael Sánchez Ortega ©
04/09/09

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