
Hace tiempos yo era un niño,
que soñaba con princesas,
que buscaba entre los libros
a su bella Dulcinea.
Era un niño simplemente
que nació en aquella aldea,
en un pueblo de la costa,
junto al mar y la ribera.
Y aquel niño timorato,
que leía mil leyendas,
fue creciendo poco a poco,
al compás de las mareas.
Aun recuerdo los estudios,
y mi paso por la escuela,
y los libros y catones
con la pluma y la libreta.
Y recuerdo profesores
de gramática y de lengua,
y la dulce geografía
que aprendí, sin darme cuenta.
Yo pasé de aquella infancia
a otra etapa más moderna,
a otro ciclo de mi vida,
donde buscas que te quieran.
Y cambió aquel niño bueno
por el joven de novela,
por el hombre ilusionado
que miraba a las estrellas.
Se acabaron los colegios
los estudios y la iglesia,
y con ellos terminaron
tantos años de terneza.
Y otros nuevos empezaron
de trabajo en las empresas
entre libros y papeles
con los números a cuestas.
Pero el alma ilusionada
de aquel joven que ahora empieza,
no quería resignarse,
daba vueltas y más vueltas.
El estaba enamorado
y el amor era su esencia,
con la sangre de su vida
que tenía como meta.
Y buscaba en todas partes
la figura dulce y tierna
que calmara sus pasiones
de aquel fuego con su hoguera.
Conoció muchos romances,
muchos cuentos y operetas,
con sabores agridulces
que dejaron hondas huellas.
Y pasaron muchos años
y también las primaveras,
con otoños en el alma
con ciclones y galernas.
Y aquel joven que ya es hombre
en la noche se pasea
y contempla fascinado
a una luna que despierta.
Que despierta y que se estira
por el lago con su estela,
con su blanco plateado
que es la cola de su trenza.
Esa luna le enamora,
le cautiva y embelesa,
y le saca mil suspiros
con su cara tan coqueta.
¡Ay lunita de la noche,
tú me llevas al poeta,
a ese niño que ya es hombre
que ha perdido su chaveta!
Cuida el labio que te llama,
la sonrisa que te besa
y perdona los pecados
de este joven que se quema.
Que se quema y se consume
como el cirio con su cera,
esperando que esa luna
llegue un día que lo crea.
Que lo crea y que no dude,
y que acepte sin reservas,
a este joven que la ama
de los pies a la cabeza.
¡Ay lunita de mi vida,
cuida al joven que te acecha,
cuida al hombre y cuida al niño,
deja a todos que te quieran.
Rafael Sánchez Ortega ©
31/03/09
que soñaba con princesas,
que buscaba entre los libros
a su bella Dulcinea.
Era un niño simplemente
que nació en aquella aldea,
en un pueblo de la costa,
junto al mar y la ribera.
Y aquel niño timorato,
que leía mil leyendas,
fue creciendo poco a poco,
al compás de las mareas.
Aun recuerdo los estudios,
y mi paso por la escuela,
y los libros y catones
con la pluma y la libreta.
Y recuerdo profesores
de gramática y de lengua,
y la dulce geografía
que aprendí, sin darme cuenta.
Yo pasé de aquella infancia
a otra etapa más moderna,
a otro ciclo de mi vida,
donde buscas que te quieran.
Y cambió aquel niño bueno
por el joven de novela,
por el hombre ilusionado
que miraba a las estrellas.
Se acabaron los colegios
los estudios y la iglesia,
y con ellos terminaron
tantos años de terneza.
Y otros nuevos empezaron
de trabajo en las empresas
entre libros y papeles
con los números a cuestas.
Pero el alma ilusionada
de aquel joven que ahora empieza,
no quería resignarse,
daba vueltas y más vueltas.
El estaba enamorado
y el amor era su esencia,
con la sangre de su vida
que tenía como meta.
Y buscaba en todas partes
la figura dulce y tierna
que calmara sus pasiones
de aquel fuego con su hoguera.
Conoció muchos romances,
muchos cuentos y operetas,
con sabores agridulces
que dejaron hondas huellas.
Y pasaron muchos años
y también las primaveras,
con otoños en el alma
con ciclones y galernas.
Y aquel joven que ya es hombre
en la noche se pasea
y contempla fascinado
a una luna que despierta.
Que despierta y que se estira
por el lago con su estela,
con su blanco plateado
que es la cola de su trenza.
Esa luna le enamora,
le cautiva y embelesa,
y le saca mil suspiros
con su cara tan coqueta.
¡Ay lunita de la noche,
tú me llevas al poeta,
a ese niño que ya es hombre
que ha perdido su chaveta!
Cuida el labio que te llama,
la sonrisa que te besa
y perdona los pecados
de este joven que se quema.
Que se quema y se consume
como el cirio con su cera,
esperando que esa luna
llegue un día que lo crea.
Que lo crea y que no dude,
y que acepte sin reservas,
a este joven que la ama
de los pies a la cabeza.
¡Ay lunita de mi vida,
cuida al joven que te acecha,
cuida al hombre y cuida al niño,
deja a todos que te quieran.
Rafael Sánchez Ortega ©
31/03/09

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