
Yo he visto a las olas bravas
romper en la costa fuerte,
eran las olas gigantes
de un temporal de poniente.
Un temporal con girones,
con sol en el cielo breve,
con aire fresco y templado
y sensación diferente.
Yo fui a ver a las olas
como llegaban al muelle,
como venían vencidas
tras el combate reciente.
Con ellas viene la bruma,
el gris que cubre muy tenue,
la niebla blanca del alma
con mil recuerdos pendientes.
¡Qué cantos dejan las olas
en su llegar impaciente!
¡Qué voces allí se esconden
bajo las aguas tan verdes!
Esos latidos constantes,
ese vibrar tan valiente,
vienen del mar de los sueños,
llegan desnudos a verme.
Vienen sin ropa y vestidos
con el salitre que tienen,
con ese beso salado,
con un saludo que vierten.
Es un saludo especial,
en un abrazo ascendente,
mientras las olas saludan
y nuestra piel se estremece.
Qué blancas llegan las olas,
cómo las aguas las mueven,
cómo suspiran los mares,
cuando la noche se cierne.
Así se pasan los días,
entre las olas ecuestres
con sus pegasos alados
mientras el sueño nos vence.
Las olas duermen pasiones,
rompen barreras y puentes,
saltan los muros altivos,
mojan de sal a los seres.
Por eso miro a las olas,
por eso siento su temple,
ese llegar desbocado
rompiendo moldes y fuentes.
Rompiendo si, los esquemas,
los corazones calientes,
llevando allí la alegría
y esa blancura que vierten.
Esa blancura que es suya
y en la pelea la ofrecen,
en su batir en la costa
en su morir bravamente.
Rafael Sánchez Ortega ©
04/02/09
romper en la costa fuerte,
eran las olas gigantes
de un temporal de poniente.
Un temporal con girones,
con sol en el cielo breve,
con aire fresco y templado
y sensación diferente.
Yo fui a ver a las olas
como llegaban al muelle,
como venían vencidas
tras el combate reciente.
Con ellas viene la bruma,
el gris que cubre muy tenue,
la niebla blanca del alma
con mil recuerdos pendientes.
¡Qué cantos dejan las olas
en su llegar impaciente!
¡Qué voces allí se esconden
bajo las aguas tan verdes!
Esos latidos constantes,
ese vibrar tan valiente,
vienen del mar de los sueños,
llegan desnudos a verme.
Vienen sin ropa y vestidos
con el salitre que tienen,
con ese beso salado,
con un saludo que vierten.
Es un saludo especial,
en un abrazo ascendente,
mientras las olas saludan
y nuestra piel se estremece.
Qué blancas llegan las olas,
cómo las aguas las mueven,
cómo suspiran los mares,
cuando la noche se cierne.
Así se pasan los días,
entre las olas ecuestres
con sus pegasos alados
mientras el sueño nos vence.
Las olas duermen pasiones,
rompen barreras y puentes,
saltan los muros altivos,
mojan de sal a los seres.
Por eso miro a las olas,
por eso siento su temple,
ese llegar desbocado
rompiendo moldes y fuentes.
Rompiendo si, los esquemas,
los corazones calientes,
llevando allí la alegría
y esa blancura que vierten.
Esa blancura que es suya
y en la pelea la ofrecen,
en su batir en la costa
en su morir bravamente.
Rafael Sánchez Ortega ©
04/02/09

No hay comentarios:
Publicar un comentario